Los inciertos comienzos y el “porque” de este blog.

Transcurría el año 1998. Me encontraba cursando la Residencia en Medicina General Integral (MGI) en Santa Clara. Villa Clara. Cuba, cuando sobre las 10 de la mañana me traen al consultorio a un adolescente de 11 años, algo pasado de peso, el cual refería dolor de cabeza intermitente desde hacia más de dos días. Cuando interrogo al paciente y a la madre, que lo acompañaba, lo único positivo al interrogatorio era la cefalea “en toda la cabeza”, con una duración de alrededor de una hora sin otro síntoma acompañante. Al examen físico, no había nada significativo, en mi opinión, a señalar. Confieso que me sentí algo desconcertado en cuanto al diagnóstico.

Le explique a la madre, que ese dolor podría ser el resultado de múltiples causas e indiqué los complementarios de rutina. Le receté al paciente medicación analgésica y le orienté que si el dolor continuaba o aparecía algún otro síntoma debía acudir al Policlínico Principal de Urgencia.

Fue cuando el paciente se iba del consultorio, que se me ocurrió medirle la presión arterial (PA) y para mi sorpresa, presentaba 140 mmHg de presión arterial sistólica (PAS) con 95 mmHg de presión arterial diastólica (PAD). Indudablemente, esa era la causa del dolor de cabeza persistente. Me dije a mi mismo: “este paciente esta hipertenso y tiene solo 11 años, ¿qué hago?”.
Debo confesar que la desesperación de la madre cuando le dije las cifras de PA fue visible, y me dijo: “doctor, ¿qué hacemos?, es solo un niño, ¿le puedo dar un captopril con esa edad?”

Siempre he considerado que la sinceridad es un atributo fundamental en el ser humano y el primer mandamiento del Juramento Hipocrático es: “No hacer  daño”; entonces, le dije a la madre “vengo enseguida”, crucé la calle, fui a un teléfono y llamé al cuerpo de guardia del hospital pediátrico y me dijeron que hacer.

En Cuba, en los 90, hablar de HTA en niños y adolescentes era algo totalmente inusual para la comunidad médica, sobre todo para el nivel de Atención Primario de Salud. Durante la carrera en aquel tiempo sabíamos que la HTA en niños y adolescentes podía existir y era sobre todo “una enfermedad de causa renal”, según nos decían muchos profesores de la época, y realmente la percepción del riesgo sobre la entidad por parte de la mayoría de los médicos era prácticamente nula. Del mismo modo, decirle a un padre o madre que su hijo era hipertenso era un asunto muy difícil, ya que la HTA era considerada por la población en general como una enfermedad de los adultos.

Tras casi dos décadas de este hecho, agradezco ser protagonista del relato anterior, el cual me demostró y alertó sobre mi desconocimiento. Gracias a ello, es que comencé a “explorar” el apasionante mundo del riesgo cardiovascular y la HTA desde la edad pediátrica.

No descarto que hechos parecidos a mi relato puedan todavía ocurrir, aunque en la actualidad parece poco probable si tenemos en cuenta la cantidad de libros, monografías, revistas científicas especializadas y eventos que se realizan sobre HTA. Si, no hay dudas que la comunidad médica ha adquirido más conciencia sobre la problemática de la HTA, Sin embargo, la HTA sigue en sostenido incremento desde edades pediátricas, donde se incluye la adolescencia.

¿Por qué? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué perspectivas futuras tenemos? Para dar respuesta a estas interrogantes ha nacido este blog, dirigido al médico general  y de otras especialidades, desde la convicción que podemos mejorar lo que hacemos, pero actuando desde lo autóctono y con inteligencia.

El autor.

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